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El verde entre las sombras de Rodolfo Martínez

miércoles, 17 de marzo de 2021

 

Hace aproximadamente un año (y un poco más), escribí la reseña de la primera entrega de esta tetralogía escrita por Rodolfo Martínez. La simiente de la esquirla fue un libro que me sumergió en sus páginas y recuerdo que lo devoré en unos pocos días. Por eso, cuando Rodolfo me dio la oportunidad de leer y comentar la segunda parte, ni me lo pensé. El hueco al final del mundo es una saga compleja, elaborada y muy bien construida y El verde entre las sombras, su segundo libro, es una muestra de esto.

Igual que pasaba con la primera entrega de la saga, Martínez ha dividido El verde entre las sombras en dos partes claramente diferenciadas, en las que seguimos a los dos protagonistas. Por un lado, Kláiner ha abandonado la ciudad que lo vio nacer y ahora se enfrenta a la amplitud de un mundo muy diferente al suyo. Por otro, Ibyra tiene que huir de su hogar, consecuencia de los eventos sucedidos al final del primer libro. En su refugio, Ibyra tendrá tiempo para aprender sobre los secretos que guardan sus acompañantes y también sobre sí misma y lo que se esconde en su interior.

Como ya comenté en la anterior reseña, los protagonistas de esta saga están muy bien delimitados. Martínez aprovecha que ambos amplían la visión de su mundo, antes concentrada casi exclusivamente en su hogar, para mostrar también personajes diversos. Ibyra tendrá la oportunidad de conocer a una mujer de Tamashi, otra región de Duniya. En el viaje de Kláiner por el mapa, irá conociendo distintas personas, con diferentes visiones del mundo. El abanico se abre y Martínez lo abre aún más añadiendo algunas escenas en zonas donde, hasta entonces, el lector apenas se había podido adentrar.  Esto me lleva al siguiente punto: la ambientación.

Duniya y la importancia del mapa

Antes de escribir esta reseña, he querido releer de nuevo los artículos que publicó Rodolfo Martínez sobre la construcción de Duniya. No solo es interesante (siempre lo es) ver el “cómo se hizo”, sino que, además, Martínez disecciona de forma exquisita su proceso. Tal y como ya os conté en la primera reseña, el mundo de Duniya está constantemente presente en la novela, casi como un personaje más. Esto sigue sucediendo en El verde entre sombras, dónde podemos conocer más puntos de ese mapa que, al principio de La simiente de la esquirla, parecía amplio e inabarcable.

La diversidad es uno de los puntos fuertes de esta ambientación y es evidente que el autor ha puesto especial mimo con ella. Los personajes se ven diferentes, hablan diferente en muchos casos y están configurados según la zona en la que han crecido. Eso lleva al lector a un sentido de la maravilla exquisito, en el que cada ciudad, cada zona, es una pieza más que desentrañar del mapa.

Mapa de Duniya. Fuente.

Y es un placer hacerlo. Me he encontrado, en más de una ocasión, volviendo al mapa para recordar dónde estaba cada cosa. No por necesidad, al contrario, Martínez guía muy bien al lector, sino por curiosidad: quería conocer más sobre el mundo que me estaban mostrando. Al igual que en La simiente de la esquirla, Martínez deja que los personajes hablen por él, por lo que esta ambientación se nos va desgranando a pequeños bocados.

El autor aprovecha el viaje de los personajes para hacer esto y, de esta forma, vamos  conociendo el mapa y las gentes que viven en él. Aunque habría preferido que la trama fuera algo más compleja, a nivel de sucesos, la ambientación, los personajes y su crecimiento (sobre todo el de Kláiner) compensa con creces.

Una novela de transición

Martínez ha comentado, en alguno de sus artículos que esta novela es como su gran Señor de los Anillos. Puedo entender por qué: la estructura es similar (la división entre dos tramas paralelas y dos partes por libro me recuerda un poco a la que hizo Tolkien), es una historia en un mundo vivo y fantástico (en el más amplio sentido de la palabra) y son esos personajes, gente cotidiana, los que viven la historia. Me gusta esa influencia, no solo porque la use en una novela de ciencia ficción, sino también porque, pese a esos detalles, es una historia fresca, que se siente nueva. También tiene otros elementos que me han llamado la atención (por ejemplo, en algunos momentos me acordaba de Fullmetal Alchemist). 

Sin embargo, en algunas partes (sobre todo en los capítulos de Kláiner), la trama me ha parecido algo sencilla. Si tuviera que ponerle un "pero" a la novela, sería este: la estructura plana de la historia. La trama de Kláiner es algo repetitiva (de hecho, hasta un personaje bromea sobre el tema) y muy lineal: sabes que los personajes tienen que ir de un punto A a un punto B. Y aunque, como lectora, disfruté mucho de los paisajes que ofrecía ese viaje, el trayecto en sí me pareció algo típico.

Pese a ese “pero”, creo que la evolución de su personaje está muy bien hecha. Me gusta cuando éstos crecen no solo por las experiencias que viven, sino también por todos aquellos que aportan su granito de arena al cambio. Me gusta ver a personajes delineados por las palabras o acciones de otros y Kláiner es un claro ejemplo de esto. Este crecimiento también se puede aplicar a Ibyra y hasta se podría aplicar a los personajes que rodean a ambos, pero creo que Kláiner es, en este sentido, la estrella que más brilla en El verde entre las sombras.

En conclusión, y ya acabando esta reseña, El verde entre las sombras es una novela de transición, pero eso no implica que caiga en la maldición de las segundas novelas. Al contrario, Martínez sabe aprovechar esa metamorfosis para ampliar el mundo y los personajes que viven en él. Tanto si os gusta la ciencia ficción como si os gusta la fantasía (la novela entra dentro de la primera categoría, pero para mí bebe un poco de ambas), El hueco al final del mundo es una saga en la que recomiendo fervientemente que os adentréis.

La simiente de la esquirla de Rodolfo Martínez

martes, 11 de febrero de 2020


La lectura es algo que me ha acompañado toda la vida. Puede sonar a cliché, pero desde que, a los cinco años, leí mi primer cuento, hubo algo, un magnetismo, que me enganchó. Harry Potter con siete años fue la novela que cerró el trato: era oficialmente una lectura acérrima. Han pasado veintiún años desde entonces y he cambiado mucho como lectora, pero hay cosas que se quedan contigo siempre. Una de ella es esa sensación de expectación al entrar en un nuevo mundo por descubrir. Suena aún más tópico, lo sé, pero una de las cosas que me fascina de la ciencia ficción (y, a veces, de la fantasía) es la idea de abrir las páginas y encontrarme un mundo totalmente diferente al mío. Con siete años fue Hogwarts. Con veintiocho, son muchísimos lugares diferentes. Uno de ellos ha sido este Duniya, creado por Rodolfo Martínez para su tetralogía, El hueco al final del mundo.

La simiente de la esquirla es, como he dicho, una primera parte de una historia cortada en cuatro. En esta conocemos a Kláiner, un joven que se dedica a patrullar su ciudad matando los verjóngers, unos monstruos que aparecen por portales y matan a inocentes de su ciudad. Pero todo cambia el día que, al ir a matar a uno de estos, se encuentra con una chica que proviene de otra parte de mundo.

Lo primero destacable, y quizá es lo que más llama la atención, es la ambientación. El proceso de creación de este mundo ha sido extenso y se nota: hay diferentes idiomas, diferentes ciudades, diferentes tecnologías, todo en una amalgama de culturas que vamos viendo poco a poco. Porque el autor tiene claro que la ambientación debe ser un iceberg y que todo lo que vamos descubriendo con pequeñas pastillas forma parte de algo mucho mayor que no vemos, aunque exista. Como lectores, nos sumergimos en un mundo desconocido que vamos descubriendo a medida que avanza la historia.

Porque al final, el mundo es solo un personaje más que contribuye a la historia. Y aunque el autor peca, en alguna ocasión contada, de meter infodump, en general el ritmo está tan bien llevado que no molesta. Es una historia trepidante, de esas que dejan respirar lo justo para que cojas aire y continúes leyendo. Si os gustan los libros emocionantes, en los que te metes fácilmente y ya no sales, este es vuestro libro.

Otro elemento interesante del libro son los personajes. Algunos son más tópicos, otros son más complejos. Kláiner, por ejemplo, se nos presenta como el típico joven vengativo y frío, pero poco a poco vamos viendo cómo evoluciona. Sin embargo, quiero destacar sobre todo a Cegé, la inteligencia artificial que ayuda a Kláiner. Me gusta como Rodolfo Martínez ha conseguido hacer una IA que parezca humana y, a la vez, artificial. Pero por otro lado, a veces me daba la sensación de que, al tener capacidades casi ilimitadas, el juego del autor con el lector se pierde un poco.

La novela trata temas muy interesantes durante el proceso. La humanidad (o no humanidad) de las IA, la manera que tiene de manipular la religión, el status quo y lo que hacemos para mantenerlo, la sexualidad, la forma que tenemos de ver al otro… todo esto son elementos que añaden a la trama, que la hacen más compleja, pero que no estorban a la lectura. De hecho, todos los pequeños peros que he ido comentando en la reseña no molestan; el libro consigue lo que el autor busca: que enganche. Que el lector no pueda dejar de leer. Encontrar este equilibrio entre ambientación y trama es complicado, pero Rodolfo Martínez lo consigue.

En conclusión, si os gusta la ciencia ficción, si os gustan los libros emocionantes y de lectura rápida, si os gustan las IAs, los mundos por descubrir… si os interesa todo esto, os animo a que os adentréis en El hueco al final del mundo.

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